EL HABITAR EN PANDEMIA

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La crisis del coronavirus ha evidenciado en su peor rostro la precarización inherentes a nuestro modelo capitalista, en su fase neoliberal, que sufre la clase trabajadora en diversos fenómenos, y en nuestras ciudades el habitar es un problema, por lo general ignorado, pero que afecta directamente en la calidad de vida de los chilenos.

Las formas en que habitamos está definida por nuestro modelo económico, y esta la experimentamos a distintas escalas: vivienda, barrios y ciudad. En Chile, dado que la industria de la construcción, en sus diversas formas, corresponde a propiedad privada, esta se rige bajo los principios del lucro y ganancia empresarial, lo que degenera el crecimiento de la ciudad en un proceso que se rige bajo lo que podríamos llamar “ley de la anarquía constructiva”, que a su vez engendra un habitar malsano, que en tiempos de pandemia se torna un enemigo mortal de la clase trabajadora.

A pesar de la cuarentena que rige nuestra capital, la clase trabajadora debe continuar con la producción, tanto por la necesidad de subsistir como por los intereses de la clase empresarial, por lo que millones de santiaguinos siguen utilizando el transporte público para ir de sus hogares al trabajo. El extenso traslado entre las llamadas “comunas dormitorio”, ubicadas hacia la periferia de nuestra capital, y su núcleo productivo, ubicado en las comunas de Santiago y Providencia hacia el oriente, incrementa considerablemente la exposición al contagio de nuestra clase trabajadora. Nuestra ciudad, es el reflejo de un país que al carecer de industria y concentrar gran parte de su economía en el comercio, concentró a su vez, espacialmente, gran parte de la fuerza de trabajo en un puñado de comunas, en un limitado sector de la ciudad, comunas que, dado su altísimo precio del suelo, expulsó a las viviendas de esa misma fuerza de trabajo hacia la periferia. En nuestra ciudad existe una latente contradicción que ha adquirido un carácter antagónico entre vivienda y trabajo, contradicción que acarrea un sinfín de problemas a la clase trabajadora.

A su vez, el alto precio del suelo fue utilizado como un nicho de oportunidades para seguir lucrando, con el básico derecho de la vivienda, por las inmobiliarias, las cuales, para maximizar el beneficio, construyeron aquellas moles que conocemos como “guetos verticales”. Estas abominaciones de sobre cuarenta pisos, además de destruir barrios y liquidar el espacio público,  sumergen en condiciones de precariedad y hacinamiento a sus miles de habitantes, quienes hoy, en plena pandemia, se encuentran más desprotegidos que nunca. El solo hecho de intentar salir para abastecerse implica un riesgo para sus habitantes; los angostos pasillos y limitados espacios comunes producen colas dentro de los ascensores y los propios servicios del edificio.

Y como si de ironía se tratase, la anarquía constructiva neoliberal, a su vez, engendra barrios y poblaciones en las que prácticamente no existen edificaciones sobre dos pisos de altura. En estos sectores la precariedad, el narcotráfico, la represión y la falta de servicios se tornan doblemente peligrosos bajo pandemia, puesto que para evitar que el hambre llegue a sus mesas, deben salir de todas formas a trabajar, lidiando tanto con el riesgo de contagio, como con las balas perdidas de los narcotraficantes, que por las noches saltan sobre las casas y patios de los propios vecinos.

El estado de las cosas es insostenible e insoportable, la propiedad privada sobre la industria de la construcción ha engendrado una ciudad enferma, barrios miserables y viviendas hacinadas. Es necesario un nuevo Chile, en cuya constitución se incluya el derecho a la vivienda y a la ciudad, y por tanto una nueva política de vivienda y urbanismo que considere una industria nacional de obra y construcción, capaz de diseñar el espacio habitable mediante su planificación racional, para así satisfacer las necesidades de la clase trabajadora, garantizando viviendas de la más alta calidad, barrios seguros y bien equipados, y una ciudad en la que se pueda habitar, circular, trabajar y recrear.

Juan Pablo