Camioneros en Chile: el comodín de la guerra híbrida.

El comodin de guerra

Hace unos días se transformó en un hecho político la consabida extorsión que cada cierto tiempo impulsa el gremio de los camioneros en Chile. Este gremio se movimientiza como revolución de color en las coyunturas electorales y se operativiza interactuando con las dinámicas de los grupos de presión de los movimientos sociales. Orientado en la lógica de los recursos de la guerra híbrida de los intereses occidentales para la desestabilización política. La guerra fría del siglo XX hizo de este gremio un movimiento político, un instrumento de sedición para el sabotaje económico de la población chilena.  En un contexto donde las prebendas de sus financistas de EE.UU, los colocaron como una estructura social que percibió beneficios económicos en el contexto del golpe de Estado de 1973. Aunque el principal beneficio lo definió la división internacional del trabajo, que frenó el crecimiento de la economía mundial en 1970, promoviendo la desindustrialización para la región. Lo que terminó con las empresas del Estado en diferentes sectores estratégicos, como energía y transporte. Con lo que se generó una concentración en el mercado, que constituyó un oligopolio en la matriz energética y el sistema de transporte público privado y privado dependiente absolutamente de la importación de recursos fósiles.

Lo real es que no existirían los camioneros con el código político político actual, sino no hubiesen capitalizado los movimientos de financiarización de la economía de servicios actual. Por lo que además son protagonistas en llevar el modelo económico neoliberal, sincronizado con la división internacional del trabajo, al colapso de la economía chilena rentista de EE.UU, en su avanzado proceso de desdolarización mundial. Por lo que lejos de ser víctimas del estallido social de Chile el 2019, fueron uno de sus principales operadores para el expolio de las fuerzas productivas chilenas de carácter plurinacional. Dado el encadenamiento existente con la lógica extractivista de los recursos naturales y la consecuente depredación, impacto medioambiental y precarización laboral. Lo que también envuelve además, el ejercicio combinado político e ideológico para representar sus hechos políticos. Pues basta comprender los estudios de seguridad ciudadana, para desvanecer la “seguridad nacional” como hipótesis en la defensa de sus intereses corporativos. Pues las percepciones que se desarrollan en torno a la victimización y casos policiales en delitos de mayor connotación social el primer semestre del año 2020. Elaborados por la Subsecretaría de Prevención del Delito – Ministerio del Interior y Seguridad Pública. Están lejos de constituir un indicador, ya que sus datos terminan siendo una demostración de la falsedad en la construcción de los hechos de violencia política, asociadas a los camioneros y al transporte público en general.

La construcción de hechos políticos, que por cierto generan resultados y profundizan la crisis del Estado actual, sobre todo en torno a una política de seguridad en lo que a transporte público y privado se refiere. Es decir, es la más clara falencia de una política nacional para enfrentar la demanda actual.  Lo que permite ir comprendiendo la complejidad política frente a este tema. Pues es menester señalar que no tiene agenda este tema en la política de grupos de presión en los movimientos sociales. A lo más se percibe una clara simpatía social, ni siquiera militante en torno a los beneficios comparativos del ferrocarril con los camiones. Desde luego la extorsión política y su rol en las políticas asociadas a la dictadura vuelven a los camioneros un gremio impopular, al igual que la mayoría de los empresarios del transporte público privado. Pero no se logra articular en un programa político de Estado, pues para que esto sea así tendría que ser de izquierda. Ya que por definición éste ausente tercio de la política chilena, sin organización y representación en el sistema político actual. No deja espacio para una agenda que pueda impulsar la industrialización y el desarrollo de empresas del Estado.  Considerando que en el país de la Constitución de 1925 fué el ferrocarril el principal impulsor de los procesos de industrialización. Dado que fue contenedor de un modelo de sustitución de importaciones, que financió y subencionó a sectores de la burguesía para el desarrollo industrial con el apoyo del Partido Comunista chileno o el Partido Socialista cuando estos hacían parte de la izquierda.

Estamos en escenarios muy despolitizados en lo que a organización política se refiere. Pero muy politizados en los enunciados y la propaganda de los hechos políticos que pautean la descripción de la lucha de clases en los ejes interburgueses. Toda vez que la crisis de representatividad política del sistema político chileno, constituida en su régimen de excepción, lleva décadas frenando el desarrollo económico para los chilenos. Esto plantea una primera hipótesis, como modelo de guerra híbrida es la de colocar la vulnerabilidad económica, como el centro de la tensión política. Lo que en la ética de la contingencia, de lo inmediato, pareciera que es de sentido común identificar las necesidades de la población chilena como tema meramente económico. Cuando lo cierto, es que por muy confuso que parezca esto, es lo más ajeno a la lucha de clases. Toda vez que lo que dinamiza el conflicto y la contradicción en esta experiencia social es lo político. Por lo que se requiere una orientación en los escenarios constituyentes basados en la experiencia del Estado, más allá de la experiencia estatal que hizo clase nacional a la burguesía. Pues el conocimiento político choca con los relatos históricos nacionalistas. Lo que también en primera instancia es un freno al desarrollo balcanizado alcanzado por las oligarquías regionales. Pero las oligarquías son un resultado dado exclusivamente por la existencia del Estado y su experiencia capitalista.

Finalmente es el destino de nuestro errante pueblo rey, que desheredado de su soberanía, solo ve necesidades de sobrevivencia económica en su devenir; cuando es nuestro pueblo castizo, el que cumple un destino civilizatorio ajeno a la vileza de la oligarquía. El transporte público del Estado no puede sino ser parte de la agenda de la izquierda. De una izquierda que no puede ser la izquierda de la oligarquía, ni menos de la familia del verdugo. Los oropeles de la izquierda no están en la ideología que constituye su experiencia, al contrario es la superación de esto. El nuevo príncipe debe ser ético y moral, pero no bueno. Solo así tiene juicio para la decisión, pues lo contrario lo transforma en un fetiche ornamental, de quienes llevan siglos haciendo de la historia un argumento jurídico para los ensayos republicanos estatales. Era que no, si la salud es un tema secundario frente al tema previsional.  Que por cierto se salda con miles de vidas, ya que en la misión civilizatoria de nuestro pueblo nadie sobra. El tema del transporte tampoco es un tema puramente económico, pues su importancia determina el tipo de sociedad.   Por ejemplo la burguesía que vio una industria en la cultura o el turismo, construyó un país de camareros que solo vive de las propinas. Merecemos saber que las repúblicas son tan nefastas como la tiranía sin fama del cualquier rey. Pero cómo saberlo si la guerra híbrida coloca en el tapete los intereses de la burguesía, como destino manifiesto en la propaganda que la hizo clase nacional. Cuando fueron el pueblo y sus trabajadores los que construyeron las máquinas y generaron la riqueza no pagada de la que emergió la advenediza oligarquía que hoy se dice dueña de todo y que mañana es dueña de nada.

Cristián Fuentevilla
Cientista Político.